El auge de los sonidos latinos se remonta a la década de los 50, cuando Ritchi Valens, estadounidense de nacimiento pero con ascendencia mexicana, popularizó “La Bamba” a nivel mundial. Pasaban las décadas, y otros artistas hispanos como Santana, Rubén Blades, Ricky Martin o Luis Miguel consiguieron dejar huella en un mercado donde predominaban las creaciones cantadas en la lengua de Shakespeare. Este crecimiento ha mantenido su estela gracias a una nueva oleada de propuestas como las de Maluma, Daddy Yankee o Luis Fonsi que han llevado los sonidos trap, reggaetón o electro cumbia a los principales tops internacionales.

Pero no son sólo los exponentes artísticos los que han crecido en Latinoamérica. Según el MIDia Research de 2017, los ingresos por streaming durante ese año tenían una tasa de crecimiento de entre un 39% a un 48% a nivel internacional. A pesar de las distintas convulsiones políticas, sociales y económicas, queda claro que tanto los 60 millones de latinos que residen en Estados Unidos (un 20% de la población total) junto a los cerca de 640 millones que habitan América Latina, están escuchando cada vez más música. Como dato sociológico reseñable, el 43,2% de ellas posee un smartphone y casi 418 millones viven conectados a internet.

Por tanto, la población latina cumple todos los requisitos para que el sector de la música se dispare de la manera que lo ha hecho en los últimos años. La pregunta ahora es saber si se puede conseguir más. Para Oscar Castellanos, ex director de Deezer en América Latina, no es una misión complicada. “La penetración promedio de los smartphones en toda Latinoamérica es de un 5%, por lo que entendemos que tenemos forma larga y brillante de crecer”.

Sobre la manera de consumo de música de los latinos, cabe reseñar lo siguiente. Mexicanos y brasileños, por ejemplo, utilizan con mayor frecuencia YouTube para escuchar música, seguido de la radio y las plataformas de streaming de audio gratuitas. El principal obstáculo aquí, como en tantos otros países de habla hispana, es la mala conexión de datos e infraestructura, que sirven de barrera para frenar la velocidad de crecimiento del consumo de música. Algunas de las grandes empresas de telecomunicación como Telefónica, TIGO o TIM, ofrecen paquetes a sus clientes que incluyen subscripciones a canales de consumo musical. Un claro ejemplo es Deezer, quien ha firmado acuerdos con algunas de estas organizaciones para aumentar sus ingresos en la región. Por su parte, gigantes de la industria como Spotify, acaba de lanzar “Lite”, una versión exclusiva para sus clientes en países del tercer mundo con un acceso reducido a internet.

Pese a todos estos datos positivos que auguran un futuro prometedor en Latinoamérica gracias a los avances tecnológicos, la piratería sigue siendo una gran amenaza. Por ponernos en situación, un 97% de los mexicanos admitió haber escuchado música ilegalmente, según indica un estudio de APDIF (Asociación para la protección de los Derechos Intelectuales sobre Fonogramas y Videogramas Musicales). De igual manera, en 2017 se calificó a Brasil como el mayor mercado de sitios webs digitales ilegales. Poco a poco se van dando pasos para terminar con esta lacra, aunque se haga por separado y lentamente.

Marcelo Castello Branco, CEO de Unión Brasileña de Compositores, remarca que “la educación a la población será el gran comienzo del desarrollo de políticas en contra de la piratería. Cada vez es mayor el conocimiento sobre este asunto por lo que las políticas públicas deberían actuar en consecuencia.

Fuente: fimguadalajara.mx